La Sexualidad Redimida


Por Theresa Notare
Hoy en día nuestros medios de comunicación pública ofrecen temas que no hace mucho tiempo habrían sido clasificados como ciencia ficción o pornografía. Los clones, la sexualidad casual, los embarazos por medio de tecnologías reproductivas, los embriones congelados, el adulterio –la lista sigue. ¿Pueden ver las personas en el ámbito público la relación de estos asuntos con lo espiritual? A los que tratamos de introducir a Dios en el debate público muchas veces se nos dice que la “moral individual” no deberá imponerse al público. Pero eso no debe detener a los cristianos.
La obra de Cristo en la cruz ha restaurado la totalidad de la vida humana, aun la sexualidad humana. Esto significa que la sexualidad humana ni está “manchada” con el pecado ni es moralmente neutra. Aunque podemos emplear mal hasta los mejores de los dones de Dios, esto no cambia el hecho de que el sexo es el don de la vida y el amor que Dios nos ha dado. Específicamente, las relaciones sexuales nunca tuvieron como meta al individuo; no son un deporte o juego para gozar independientemente. Las relaciones matrimoniales son un acto poderoso de comunión interpersonal—son un acto sacramental.
Esto tiene más sentido cuando comprendemos que el matrimonio cristiano es un signo de la presencia de Cristo en el mundo. Como cristianos aceptamos por la fe que la sexualidad humana está vinculada con Cristo, que une a un hombre y a una mujer en una unión que refleja el amor de Dios y está dirigida a los demás. Con este punto de partida, tiene mucho sentido reservar el sexo para el matrimonio.
La cualidad redimida del matrimonio fue entendida por la Iglesia desde nuestra historia más antigua. Continuando el relato de las palabras propias de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, San Pablo comparó el matrimonio cristiano a la relación de Cristo y Su Iglesia. “Como Cristo amó a la Iglesia… del mismo modo el marido debe amar a su esposa como ama a su propio cuerpo; el marido y la esposa son un cuerpo, como Cristo y la Iglesia son un cuerpo. Esto es un gran misterio” (Efesios 5, 21-33). San Juan Crisóstomo enseñó que la “sola carne” de los cónyuges no es un símbolo vacío”. “Ellos no se ha convertido en la imagen de cualquier cosa terrenal sino en la de Dios mismo” (Homilía 12).
El Catecismo dice: “El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos” (#1644). El origen de esta indisolubilidad se encuentra en Dios mismo, quien nos enseñó Su fidelidad por medio de Su alianza con Abraham. Y en último instancia, se encuentra en Cristo, quien se unió con Su Iglesia.

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